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Epílogo
Pasada la sublevación de Manco Inca y del refugio de este en Vilcabamba, los españoles, ante la disminución de la belicosidad de los cusqueños, decidieron solucionar algunos problemas todavía pendientes. Este empeño desencadenó los rencores reprimidos por años entre pizarristas y almagristas y provocó una violencia sin límites que durante dos décadas originó levantamientos,
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guerras, masacres y traiciones que sumieron a los reinos del Perú en un sangriento caos.
Las consecuencias de este dantesco estado de cosas fueron las siguientes:

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En 1538 se enfrentaron pizarristas y almagristas en la batalla de Las Salinas, la cual fue ganada por los primeros. El viejo Diego de Almagro, socio del marqués conquistador Francisco Pizarro, fue injustamente degollado por Hernando Pizarro en el Cusco.
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En 1541 los almagristas tomaron revancha y mataron a Francisco Pizarro en su propio palacio de Gobierno en Lima.
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En 1542 el pacificador Cristóbal Vaca de Castro, gobernador del Perú, venció al joven Diego de Almagro en la batalla de Chupas y lo mandó ejecutar.
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En 1544 Gonzalo Pizarro se reveló contra el rey al desacatar la ley que suprimía la vigencia de las encomiendas a los conquistadores.
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En 1546 Gonzalo Pizarro se enfrentó al primer virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela, en un cruento combate en Iñaquito, donde éste perdió la batalla y la vida.
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En 1547 el pacificador Pedro de La Gasca derrotó a Gonzalo Pizarro en Sacsahuana y lo hizo decapitar.
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En 1553 Francisco Girón se reveló el gobierno de la audiencia y fue derrotado en Pucará.
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En 1554 la audiencia ordenó la ejecución de Girón, el último de los conquistadores.
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Luego de todos estos arrebatos empezó a establecerse el orden en el Perú bajo el mando de destacados gobernantes, tales como el virrey Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete; el visitador Lope García de Castro, y el eficiente e inflexible virrey Francisco de Toledo, Conde de Oropesa, verdugo de Túpac Amaru II, el último de los incas de Vilcabamba.
Con el advenimiento de la paz y la explotación de las minas del Virreinato, especialmente de las de Huancavelica y Potosí, el país mejoró su situación económica y las ciudades comenzaron a crecer. En el Cusco se levantaron casas solariegas, palacios, conventos e iglesias y el desarrollo urbano colmó las estrecheces del núcleo básico incaico, encerrado entre los cauces del Tullumayo y el Saphy, e invadió el área de expansión que Pachacútec había reservado para erigir las residencias de sus sucesores.
Así, poco a poco, fruto de una difícil maduración cultural, los restos de los solemnes y austeros muros incaicos fueron amalgamándose con las artes y técnicas hispanas para forjar una auténtica arquitectura mestiza y dar forma a un nuevo Cusco, admirable símbolo y orgullo legítimo de los pueblos del Perú.

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