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La entrada se realizó el 14 de noviembre de 1533 por las alturas del cerro Carmenca. De allí Manco Inca y los conquistadores descendieron por la cuesta de Umacalle al barrio de Huaca Punco, sobre el río Saphy, y finalmente a la calle llamada desde entonces Conquista. La recepción que brindaron a los españoles los cusqueños que consiguieron sustraerse del éxodo poblacional y de las matanzas perpetradas por Calcuchímac y
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Quisquis fue bastante cálida, dadas la presencia de Manco Inca y la creencia de que Pizarro y los suyos llegaban a liberarlos de los quiteños y a apoyar a su nuevo inca. Pero la decepción de los nativos debió de ser grande y penosa, pues los conquistadores, tan pronto pudieron alojarse, se dedicaron al desenfrenado saqueo de los los edificios cusqueños, incluyendo el Coricancha, el Acllahuasi y los palacios imperiales. Los saqueadores encontraron poco botín en ellos, pues sus ocupantes habían tenido la previsión de poner sus riquezas a buen recaudo.
Los daños causados por los quiteños en el Cusco antes de la llegada de los españoles no debieron de ser muy grandes, pues el escribano de Pizarro, el ya citado Pedro Sancho de la Hoz, describe esta ciudad como extensa, ordenada y hermosos edificios construidos con recios muros de piedras bellamente aparejadas. Y no exageraron en sus descripciones ni el escribano ni tampoco el Cabildo de Jauja, pues este último, en una relación, calificó la ciudad del Cusco como "la mejor y mayor, que en la tierra se ha visto, e aun en Indias; e ques tan hermosa e de tan buenos edificios que en España sería muy de ver". Así debió de ser, pues en esos momentos la capital del Tahuantinsuyo alcanzaba el apogeo de su esplendor.
Cuatro meses después, durante los que los conquistadores continuaron abusando y expoliando a los cusqueños, incluyendo a altos funcionarios y al mismo inca, el entonces gobernador Francisco Pizarro decidió llevar a cabo la fundación española de la ciudad. La ceremonia se celebró el 23 de marzo de 1534, con gran pompa y según el tradicional rito de fundacional de las ciudades castellanas. Pero ello, materialmente, no significó nada para el Cusco, pues los sojuzgadores continuaron viviendo en los edificios incaicos que habían ocupado al entrar a la ciudad a fines de 1533. En buena cuenta, después de dos años y medio de estancia, los españoles no habían hecho cambios importantes en la arquitectura y el urbanismo de la ciudad imperial, salvo la habilitación del Quishuarcancha para iglesia.

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