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La guerra de reconquista y el cerco del Cusco por Manco Inca
Manco Inca, durante la administración de Hernando Pizarro, quien al volver de España asumió el gobierno del Cusco, organizó por varios meses la sublevación general del Tahuantinsuyo y el 3 de mayo de 1536 inició la guerra de reconquista, para lo cual sitió el Cusco.
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El cerco de la ciudad duró alrededor de nueve meses. En el desarrollo de la lucha, cruenta y sin cuartel, ambas partes llevaron a cabo heroicas acciones, hasta que el hambre del pueblo incaico obligó a Manco Inca a levantar el asedio para volver a cultivar los campos, abandonados durante mucho tiempo. La forma e intensidad de los ataques de los cusqueños contra los españoles significaron prácticamente la destrucción de la ciudad. La infraestructura rural desapareció en kilómetros a la redonda; los suburbios, abandonados por la huida de los pueblos foráneos que los habitaban, fueron derribados por los incas para cercar el sector central de la ciudad, y las calles y plazas de esta área fueron inundadas y llenadas de escombros para evitar que los españoles escaparan del espacio donde estaban refugiados o que cargaran con su caballería contra los sitiadores.
Así, casi todo fue destruido por los propios incas. Las techumbres fueron incendiadas; los muros de contención, los sobremuros de adobe y los cercos derrumbados; los cauces de los ríos, canales y acequias quebrados para impedir el abastecimiento de agua a los sitiados y producir inundaciones que entorpecieran el uso bélico de los caballos.
Sólo quedaron en pie aquellos paredones que por su naturaleza pétrea, las dimensiones de sus componentes y la calidad de sus aparejos los hacían indestructibles, y los edificios que por su simbolismo y funciones religiosas fueron respetados por los sitiadores. De los primeros fueron ejemplo el Coricancha y el Allachuasi, y de los segundos el Quishuarcancha, sobre el que se levantó la primera iglesia cristiana y donde se prestó culto a la Virgen, quien, según la leyenda, en momentos de grave riesgo protegía a los conquistadores españoles, extinguía los incendios y enceguecía a los guerreros cusqueños con un blanco polvillo celestial. Además, los cristianos contaron con el portentoso socorro de Santiago Apóstol, quien, convertido en mataindios, jineteando su blanco caballo y blandiendo una flamígera espada, descendía desde los cielos para decidir las batallas a favor de los creyentes.
En enero de 1537, después de aproximadamente nueve meses de sitio, de la esplendorosa ciudad que había recibido a los conquistadores en noviembre de 1533 prácticamente no quedaba nada. Únicamente en el sector central del poblado, en el área comprendida entre la confluencia de los ríos Saphy y Tullumayo en el sitio de Pumachupan y las estribaciones del cerro Colcampata, quedaba algo de las pasadas grandezas imperiales.

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