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El valle del Cusco
El valle del Cusco tiene aproximadamente 31 km de largo, empieza en las cumbres de los montes Senca y Ulluchani, a 4 514 y 4 437 msnm, respectivamente, y termina en el punto en el que el río Huatanay se encuentra con el Vilcanota. Se divide en dos hoyadas la del Cusco y la de Oropesa. La primera, más ancha e importante, tiene 13,5 km de largo y se despliega entre el
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inicio del valle y el poblado de Angostura, donde se estrecha para formar un callejón de 250 m de ancho y 2 km de largo y desembocar en la segunda. Esta tiene 15,5 km de largo y comprende desde el citado poblado hasta la laguna Huatón, en el final del valle, en el sitio de Rumicolca. Allí un cerco de piedra, de manufactura incaica, controlaba el ingreso al valle desde el sur.
El área de cultivo del valle del Cusco era mayor en la hoyada del Cusco que en la de Oropesa, pues la primera tenía hasta 2,5 km de ancho, mientras que la segunda hasta solamente 1,5 km. Asimismo, las pendientes orográficas que rodeaban estas áreas eran mucho menores en la del Cusco, cuyas amplias lomadas se inclinaban en alrededor del 30%, que en la de Oropesa, pues aquí el terreno se elevaba bruscamente para alcanzar declives de más del 45%. Estas diferencias topográficas permitieron el levantamiento de un mayor número de andenes, así como de poblados y otras obras, tanto arquitectónicas como ingenieriles, en la hoyada del Cusco.
El valle está delimitado por dos sucesiones de montes que se alinean a uno y otro lado del cauce del Huatanay, entre los que resaltamos, por la ribera derecha, el Senca, el Corcor, el Apuyavira, el Mama Simona, el Quilque, el Puquin, el Molle Orco, el Anahuarque, el Huanacaure, el Sacarra, el Mutuy y el Rumicolca, y, por la ribera izquierda, el Ulluchani, el Fortaleza, el Pucro, el Catunga, el Sequeray, el Corao, el Picol, el Atascasa, el Pachatusan, el Pinagua y el Piquillacta.
La abundancia de su sistema hidrográfico y la riqueza de su napa freática dieron lugar a que en su geografía aparecieran los más diversos tipos de corrientes de agua, tales como ríos, arroyos, arroyuelos, lagunas, aguajales, pantanos, manantes y puquiales.
El Huatanay es el hechor, en su trabajo de siglos, de la conformación del valle. Se origina por la confluencia del Saphy y el Tullumayo en el sitio que desde tiempos de Pachacútec se denominó Pumachupan, y del Chunchulmayo y el Huancaro. A su vez, el penúltimo río deriva de la unión de los arroyos Sipasmayo, Quilquemayo y Picchu, y de la quebrada Ayahuayco. Aguas abajo de Pumachupan, el Huatanay recibe el torrente de numerosos ríos de diferentes caudales antes de entregar sus aguas al Vilcanota. Entre estos destacamos, por la ribera derecha, el Rocopata, el Huancaro, el Huilcarpay, el Pillau, el Huanacaure y el Pajlamayo, y, por la izquierda, el Quencomayo, el Ticapata, el Cachimayo, el Huacoto, el Ochirarura y el Quispicanchis.
Las lagunas más importantes son la desaparecida Tecsecocha, ubicada en el noreste de la ciudad del Cusco donde actualmente existe una calle con su nombre, y la Lucre y la Huatón, en el final del valle. Esta última, la más grande de todas, se encuentra al pie de los cerros Piquillacta y Rumicolca, recibe la carga del río Pajlamayo y descarga en el Huatanay en el sitio de Huacarpay, poco antes de la confluencia del río anterior y el Vilcanota.
Además, las copiosas lluvias usuales en la región, sumadas a las características hidrográficas y topográficas antes señaladas y a otros fenómenos, dieron lugar a la formación de extensos pantanos, como el que existe en las inmediaciones de la laguna Lucre y el que existió en el área que actualmente ocupan la plaza de armas, la del Cabildo, la de San Francisco y sus alrededores. Según estudios geológicos, este último era vestigio de la existencia, en la era cuaternaria, de un inmenso lago llamado Morkill, que se extendía desde el inicio del valle hasta la laguna Lucre. El cronista Juan de Betanzos dice que esa área "era una ciénaga [...] que causaban los manantiales de agua que de la sierra y [...] de la fortaleza salían [...] y se hacían [...] en la plaza y las casas del marqués y [...] del comendador Hernando Pizarro y en el lugar [d]el mercado y plaza de contratación".
El Inca Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios reales, se expresa del clima imperante en la ciudad del Cusco en términos que transcribimos a continuación y que podemos generalizar para todo el valle.
El Rey Manco Capac, considerando bien las comodidades que aquel hermoso valle del Cozco tiene, el sitio llano, cercado por todas partes de sierras altas, con cuatro arrollos de agua, aunque pequeños, que riegan todo el valle, y que en medio dél había una hermosísima fuente de agua salobre para hacer sal, y que la tierra era fértil y el aire sano, acordó fundar su ciudad imperial en aquel sitio, conformándose, como decían los indios, con la voluntad de su padre el sol, que, según la seña que le dio la barilla de oro, quería asentase allí su corte, porque había de ser cabeza de su imperio. El temple de aquella ciudad antes es frío que caliente, más no tanto que obligue a que busque fuego para calentarse; basta entrar en un aposento donde no corra aire para perder el frío que traen de la calle, más si hay brasero encendido sabe muy bien, y si no lo hay, se pasan sin él; lo mismo es en la ropa del vestir, que, si se hacen a andar como de verano, les basta; y si como invierno, se hayan bien. En la ropa de la cama es lo mismo; que si no quieren más de una frazada, tienen harto, y si quieren tres, no congojan, y esto es todo el año, sin diferencia del invierno al verano, y lo mismo es en cualquier otra región fría, templada o caliente de aquélla tierra, que siempre es de una misma manera. En el Cozco, por participar, como decimos, más de frío y seco que de calor y húmido, no se corrompe la carne; que si cuelgan un cuarto della en un aposento que tenga ventanas abiertas, se conserva ocho días y quince y treinta y ciento, hasta que se seca como un tasajo. Esto vi en la carne del ganado de aquella tierra; no sé que será en la del ganado que han llevado de España, si por ser la del carnero de acá más caliente que la de allá habrá lo mismo o no sufrirá tanto; que esto no lo vi, porque en mis tiempos, como adelante diremos, aún no se mataban carneros de Castilla por la poca cría que había dellos. Por ser el temple frío no ay moscas en aquella ciudad, sino muy pocas,
y esas se hayan al sol, que en los aposentos no entra ninguna. Mosquitos de los que pican no hay ninguno, ni otras sabandijas enfadosas de todas ellas es limpia aquella ciudad.

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